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"¿Por qué es tan difícil para un gay encontrar pareja?"

Jota Vaquerizo| Madrid | 31 de Enero de 2018, 17:00

El titular bien podría serlo de una noticia de El Mundo Today. Llevo dándole vueltas a la pregunta que surgió en una cena.

El titular bien podría serlo de una noticia de El Mundo Today. "¿Por qué crees que es tan difícil para un gay encontrar pareja?" Llevo dándole vueltas a la pregunta que surgió en una cena hace un par de semanas. 

Vaya por delante que no todos los gays somos iguales y que tampoco los heterosexuales lo tienen fácil, pero lo cierto es que ser gay en estos tiempos y conocer a alguien con quien construir una relación de pareja es algo mucho más complicado que pensar en cómo vestirse y elegir restaurante para la primera cita y ver qué pasa.

Conocer gente y ligar cuando las dos personas que se conocen posiblemente caminan armados de cautelas y desconfianza, con el corazón anestesiado y a menudo sin una referencia clara de lo que debería ser una relación de pareja, hace que el proceso sea algo especialmente complicado. Si a eso le sumamos la cantidad de testosterona en la ecuación, una líbido de gatillo fácil y un entorno social que subraya la imagen y lo sexual, resulta casi imposible no dejar escapar un pensamiento sexual en cualquier situación de lo más cotidiano en el que hombre gay conoce a hombre gay, ya sea en el trabajo, el gimnasio, el metro o tomando una copa... Y nos encontramos pensando con la entrepierna en más ocasiones de las que seguramente imaginamos.

Además hoy es más fácil que nunca encontrar sexo, especialmente para un gay. No ya porque en cualquier lugar de ambiente prácticamente el 100% de los clientes podrían ser en un momento dado nuestra pareja sexual, lo que nos da el doble de probabilidades que a cualquier hetero que sale a tomar una copa, sino porque en la década de las app de contactos es más fácil tener sexo que pedir una pizza.

Además muchos de nosotros hemos crecido en un contexto social que nos ha bombardeado con sentimientos de presión, culpabilidad, vergüenza, inseguridad, discriminación, etc. Y cuando hemos disfrutado y vivido nuestra sexualidad libremente en ocasiones lo hacemos sin tener previamente resueltos esos sentimientos, haciendo que entendamos y vivamos el sexo de un modo diferente a como lo vive un heterosexual. Casi todos hemos tenido relaciones sexuales en más o menos ocasiones como un ejercicio puramente físico y placentero pero desprovisto de sensibilidad o emoción, algo absolutamente alejado de la idea anhelada de encontrar a una pareja con la que conectar y compartir algo que trascienda. El sexo es genial y es más accesible que nunca para un hombre gay, pero al mismo tiempo el sexo con contenido parece escasear.

Y eso nos lleva a una idea recurrente: decimos que queremos una cosa pero en realidad hacemos la contraria. Queremos encontrar una pareja con la que compartir algo más, pero mantenemos relaciones sexuales puramente físicas y compulsivas. Bienvenidos a la ceremonia de la confusión, ser gay es a veces algo confuso. Nada que deba sorprendernos, después de todo hemos crecido sin una referencia o modelo que nos ayude a saber lo que se espera de nosotros en una relación. Los heterosexuales han crecido y se han educado en un contexto social, educativo y familiar que les ha transmitido unos valores y modelos de referencia. Ninguna sorpresa por otro lado, pues vivimos en un mundo predominantemente heterosexual, así que cuando nos salimos de la norma todo es posible y ampliamente opinable, no existe un modelo o guía más o menos aceptable por todos. No existe un manual sobre cómo vivir en pareja, pero si eres gay menos todavía. Quiénes somos, cómo queremos vivir, a quién queremos conocer, queremos ser monógamos, qué tipo de relación necesitamos, casarse o no casarse, hijos si o hijos no... Son cuestiones y elecciones que vienen más o menos dadas para un hombre heterosexual y no plantean grandes contradicciones, pero que a un gay le hacen debatirse con facilidad entre la decisión de una vida de soledad consciente un día y la búsqueda del amor al día siguiente. Más confusión.

Conocemos a alguien que nos atrae en todos los sentidos y de repente nos encontramos ante lo fácil sin contenido o la inseguridad de lo confuso. Bienvenidos a la vida interior de un hombre gay cualquiera que cada día debe decidir en su fuero interno entre mantenerse los pantalones abrochados y vivir en la confusión o bajárselos a cada oportunidad y renunciar a algo auténtico.

Y con eso y con todo todavía hay más, porque aunque sea una obviedad hablamos de homosexualidad, y eso todavía hoy lamentablemente sigue siendo considerado socialmente algo diferente cuando no negativo. Y en ese entorno cualquier gay hemos aprendido y desarrollo comportamientos y herramientas para ocultar partes de nosotros mismos en diferentes situaciones, ya sea por motivos laborales, sociales, familiares, etc. Lo que no es ni más ni menos que una negación de nosotros mismos, con el coste personal y emocional que representa estar habituado a mostrar en determinado momento solo una parte de lo que somos. A nadie le gusta mostrarse vulnerable con otras personas, pero cuando ese hábito se encuentra tan aprendido y automatizado, inevitablemente representa una cautela que dificulta una relación de pareja. Si, en mucha facetas de nuestra vida a los gays nos cuesta admitir que la vida no es un camino de rosas y a veces necesitamos un plus de energía para se honestos con uno mismo y confiar. Doblemente si ya salimos anteriormente heridos de alguna relación.

De modo que en lugar de aprender a mostrarnos como realmente somos y definir nuestra identidad en la adolescia o incluso en el inicio de la vida adulta, no pocos viven su segunda adolescencia y no se permiten ser ellos mismos y explorar su identidad hasta que amcanzan una edad adulta. Vivir la vida, aprender, probar nuevas cosas, experimentar en un nuevo entorno lleno de otros hombres gays, sexo diversión y drogas... Y es peligroso porque lo hacemos ya de adultos, sin la vigilancia que un heterosexual adolescente tuvo cuando vivió esa etapa de su vida, y con la absoluta libertad y disponibilidad economica que nos da el momento vital. Si además estamos en una gran ciudad como pueda ser Madrid o Barcelona en la que absolutamente todo está al alcance de la mano, se multiplican las posibilidades de excesos para el Peter Pan gay. Cualquier gay en una de esas ciudades sabe lo fácil que es caer en las luces, sensaciones y experiencias de esa pista de baile y pasarse de la raya. Y todos conocemos a quienes quedan atrapados y no encuentran el modo de salir a una edad en la que se nos presupone seres autónomos y capaces de manejar nuestra propia vida. 

Y aún sin necesidad de llegar a ese extremo, en el mejor de los casos la situación contribuye a generar unas expectativas irrealistas. Nada más fácil que probar una y otra vez hasta dar con mister perfecto... a riesgo de perderse en una sucesión de encuentros sin otro sentido que el inmediato. Después de todo cada uno tenemos nuestro ego y en algún momento hemos caído en considerarnos especiales, únicos y superiores como si estuviéramos por encima de las reglas, dando lugar a expectativas irreales sobre nosotros mismos y sobre nuestra pareja ideal. Pero es que el entorno no sólo no ayuda sino que fabrica una fantasía que sustituye a la realidad. Todos debemos parecer modelos sonrientes y exhibir un cuerpo cincelado ante miles de seguidores a los que mostrar lo competitivos y exitosos que parecemos. Y nuestras parejas también deben encajar en ese ideal de fantasía. Nada nuevo para quienes hemos crecido con mensajes que desde niños nos hacen competir y mostrar otra cara: "sé un hombre, no llores, échale huevos...", mensajes muy enraizados en nuestra sociedad y que constriñen a largo plazo el normal desarrollo de la sexualidad y afectividad de cualquier niño homosexual. Y así las cosas, demasiadas energías, tiempo y esfuerzo derrochados en competir por mantener una apariencia, que nos hacen pasar por alto lo maravillosa que puede llegar a ser la persona que tenemos al lado.

Si a pesar de todo damos con nuestro míster perfecto ideal, muy probablemente sea porque acaba de salir de una relación anterior: no suelen estar libres durante mucho tiempo. Así que es muy posible que le estemos conociendo en el peor momento, inseguro, en su propia confusión y pensando si también él se va a seguir bajando los pantalones a la primera de cambio o si nos da el beneficio de la duda.

Y llegados a este punto somos dos, así que por mucho que hayamos hecho nuestro propio proceso de maduración y alcanzado una visión del mundo compatible con la vida en pareja y hayamos dado con la persona que nos gusta en todos los sentidos, eso no significa que la otra persona esté igualmente preparada para vivir en pareja, por lo que a menos que estés dispuesto a sufrir y esperarle hasta que llegue su momento, mister perfecto no resulta ser tan perfecto como pensabas. Esto último pasa raramente y lo más habitual son relaciones de corta duración al ritmo de las estaciones del año. Después de todo no dejamos de ser animales y parece hasta común la idea de comportarse de modo diferente en invierno y en verano.

Muchas de estas dificultades no son exclusivas de una pareja homosexual, pero lo que sí es exclusivo de los heterosexuales es esa presión social por emparejarse  a la que llamamos reloj biológico... Un invento del que los gays carecemos y que presiona a los heterosexuales a emparejarse. Así que estar sin pareja en el mundo homosexual no es percibido del mismo modo, ni mucho menos existe una presión social para que encontremos pareja. Ni siquiera tener hijos suele ser una prioridad para las parejas gays, que es otro de los motivos que fundamentan la formación de parejas heterosexuales.

Así que carecemos de algunos de los incentivos de nuestros compañeros heterosexuales para encontrar pareja. Incluso el hecho de que muchos de nuestros amigos y conocidos homosexuales no tengan pareja no sólo hace que la percepción y el juicio que hacemos de la situación resulte diferente y más aceptable que el equivalente heterosexual, sino que incluso nos recuerdan a diario lo divertido que se puede vivir sin pareja, su última conquista sexual y que el mundo está lleno de hombres por ser descubiertos... aunque pasado el fin de semana se desahogan echando de menos al último novio o cuánto les gustaría otro tipo de vida... 

Lo queremos todo y lo queremos ahora, pero nos asusta el compromiso. Y ni siquiera nos referimos al compromiso legal de un matrimonio cuya posibilidad ni siquiera teníamos hasta hace muy poco tiempo, algo que de otro lado y de modo inconsciente nos hace ser más ligeros con el grado de compromiso de una relación homosexual que su equivalente heterosexual. Si algo no funciona es más habitual pasar página que buscar soluciones y volver al punto de partida.

Conocemos a alguien y pensamos que ya está hecho lo más difícil, cuando es a partir de ahí que realmente se requiere compromiso y esfuerzo por alimentar y cuidar una relación. Nos permitimos aseverar que nuestra pareja no nos entiende, asumimos y damos por hechas ciertas cosas y nos colocamos a nosotros  en el centro de cualquier decisión cuando no dedicamos tiempo suficiente a comunicarnos con ella y estamos ya pensando el el próximo mister perfecto.

Y sin embargo y a pesar de todas las dificultades, no sólo es posible encontrar pareja sino que abundan cada vez más los ejemplos de parejas gay comprometidas incluso en el ámbito público. Abandonemos la idea de que ya están cogidos los tíos buenos, utilicemos un lenguaje positivo al hablar de las relaciones de pareja, dejemos de confundir el conocer a alguien con tener un encuentro sexual, dejemos atrás las excusas y miedos personales, aceptemos que somos vulnerables y seamos nosotros mismos aceptando que ni nosotros ni nuestras parejas somos perfectos. Elegir es también renunciar, y en un mundo en el que hay más opciones que es posible elegir y decidir caminar juntos, sólo hay que decidir lo que es importante para nosotros y cuando encontremos a alguien que nos mire a los ojos del mismo modo que nosotros le miramos a él, entoces dedicarle energía y confiar en que merece la pena el esfuerzo. Porque no es fácil, pero realmente merece la pena.

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